
El orden correcto: lo que va antes del logo y casi nadie hace
Cada semana me escribe alguien con la misma petición: «Necesito un logo. ¿Cuánto cobras?» Y mi primera pregunta siempre es la misma: ¿tienes ya clara tu estrategia de marca?

Cada semana me escribe alguien con la misma petición: «Necesito un logo. ¿Cuánto cobras?» Y mi primera pregunta siempre es la misma: ¿tienes ya clara tu estrategia de marca?

No siempre se nota de golpe. No hay un momento en que el negocio se para. Solo esa sensación persistente de que algo no termina de funcionar. Estas son las señales.

Un vino que ha ganado medallas, que el enólogo defiende con los ojos brillantes, que el sumiller recomienda. Y una etiqueta que no estaba a la altura de nada de eso.

El nombre es lo primero que se dice en voz alta. Lo que el cliente repite en la tienda. Lo que sobrevive cuando el diseño se rediseña. Y casi siempre, lo que se elige con menos criterio.

Hay un momento incómodo en muchas bodegas: abres una caja del almacén y la etiqueta de hace unos años ya parece antigua. El nombre, si es bueno, nunca envejece así.

Tú conoces tu aceite o tu vino mejor que nadie. Pero cuando no estás delante para contarlo, es el envase el que vende. ¿El tuyo está a la altura?

Casi todos los proyectos empiezan igual: el cliente me enseña una referencia y me dice «algo así, pero diferente». Lo que parece vago es en realidad la información más honesta que puedes dar.

Durante más de treinta años trabajé detrás de un nombre de estudio. Hasta que entendí que el activo más valioso que tenía era el mío propio.