Cuando alguien me encarga un naming, lo primero que hago es desaparecer. No literalmente, claro. Pero sí mentalmente. Tomo distancia del proyecto, del sector, de las referencias que el cliente me trae, de los nombres que ya existen en el mercado. Necesito ese espacio para poder ver lo que nadie más está viendo todavía.
El naming no es una tormenta de ideas. No es abrir el diccionario y empezar a subrayar palabras bonitas. Es un proceso que empieza mucho antes de pensar en nombres y termina mucho después de haber elegido uno.
Empieza con la estrategia: ¿qué es esta marca? ¿Qué promete? ¿A quién le habla? ¿En qué mercados tiene que funcionar? ¿Qué restricciones legales existen? ¿Qué nombres ya están ocupados en el sector?
Sigue con la investigación: ¿qué campo semántico rodea a este producto? ¿Qué palabras usa el cliente para hablar de él? ¿Qué evocaciones queremos construir y cuáles queremos evitar?
Después vienen los nombres. Cientos. La mayoría se descartan rápido. Quedan unos pocos que merecen trabajo: verificación de disponibilidad, análisis fonético, evaluación en distintos idiomas (porque un nombre que funciona perfecto en español puede significar algo inapropiado en inglés), prueba con potenciales clientes.
Y al final, el nombre correcto. Que casi nunca es el más bonito. Es el que funciona.
Eso es lo que hay detrás de un nombre que parece sencillo.
Max Loarces es diseñador de branding estratégico en Madrid, especializado en bodegas, almazaras y marcas agroalimentarias. Naming, identidad visual y packaging para productores que quieren crecer sin perder lo que los hace únicos. Hablamos.
