Hay decisiones que parecen accidentales hasta que miras atrás y entiendes que no lo eran. Esta es la mía.
Empecé en 1993, haciendo de la necesidad virtud. Trabajaba para un servicio municipal de formación para el empleo que ofrecía cursos gratuitos a personas desempleadas y formación continua a trabajadores. Eran servicios magníficos. Y casi nadie los conocía, porque no se hacía publicidad.
Ahí entendí algo que todavía hoy guía cada proyecto: un servicio excelente que nadie conoce no llega a quien lo necesita. Alguien tiene que contarlo bien. Y contarlo bien es encontrar el nombre, la imagen y las palabras que hacen que la persona adecuada se acerque.
Lo que vino después
Con los años dirigí equipos en esa agencia y, más tarde, en otra, también pública y del mismo ayuntamiento, centrada en el desarrollo industrial, las relaciones internacionales y el desarrollo local.
Mientras tanto, nunca dejé pasar una formación. El propio municipio financiaba cursos y los aproveché siempre que pude. Buena parte de lo que hoy soy como profesional viene de ahí: de aprender sin parar mientras resolvía problemas reales.
De ahí al estudio
Después llegaron Myssya y Misia Studio, y hoy trabajo con mi propio nombre. Han pasado más de treinta años, y la pregunta de partida sigue siendo la misma que en 1993: ¿cómo consigo que algo bueno llegue a quien lo necesita?
Hoy esa pregunta se la hago a bodegas, almazaras y marcas gourmet, a hoteles y alojamientos boutique, a pastelerías y a pymes cuya identidad se ha quedado atrás. Cambian los sectores. La distancia entre lo que un negocio vale y lo que transmite suele ser la misma.
No fue casualidad. Fue aprender muy pronto que una marca bien contada abre puertas.
Si quieres saber más sobre cómo trabajo, lo cuento en Sobre mí. Y si tienes un buen producto o un buen servicio que no se conoce como merece, hablemos.
