Cada semana me escribe alguien con la misma petición. «Necesito un logo. ¿Cuánto cobras?» Y mi primera pregunta siempre es la misma: ¿tienes ya clara tu estrategia de marca?
El silencio que sigue a esa pregunta es muy elocuente.
El logo es la consecuencia de una marca, no su origen. Es la representación visual de algo que tiene que existir antes: un posicionamiento claro, una propuesta de valor definida, un público objetivo al que le hablas de una manera concreta, una historia que vale la pena contar.
Cuando alguien me pide un logo sin haber respondido esas preguntas, tengo dos opciones: hacerle el logo que pide (una forma bonita sin alma) o preguntarle las cosas que necesito saber para que ese logo signifique algo.
Casi siempre elijo la segunda opción. Y casi siempre el cliente, al principio, se sorprende de la cantidad de preguntas que hacen falta antes de abrir el ordenador.
¿Por qué haces lo que haces? ¿A quién le hablas? ¿Qué hace que tu producto o servicio sea diferente de los diez que se parecen a ti? ¿Cómo quieres que te recuerden dentro de cinco años? ¿Qué valores no negociarías nunca?
Las respuestas a esas preguntas son el briefing real. No «quiero algo moderno y elegante» (eso no me dice nada), sino entender qué es lo que hace que tu marca tenga razón de existir y por qué el cliente debería elegirte a ti en vez de al de al lado.
Cuando eso está claro, el logo es casi sencillo. Porque ya sé lo que tiene que comunicar.
El orden correcto: primero la estrategia, después el nombre, después la identidad visual, después el logo. Todo lo que se hace antes de ese orden se hace dos veces.
Max Loarces es diseñador de branding estratégico en Madrid, especializado en bodegas, almazaras y marcas agroalimentarias. Naming, identidad visual y packaging para productores que quieren crecer sin perder lo que los hace únicos. Hablamos.
